En Busca de… ¿El Pastor Perfecto?

Las 8 Características clave de un pastor ideal que pueden arrasar un ministerio o congregación

El pastorado es uno de los servicios más nobles a los que puede aspirar un cristiano. 

El privilegio de poder ayudar a tus hermanos, de verlos crecer y emprender sus propios llamados es algo que, sencillamente, no tiene precio.

Es por ello que, cuando recibes este llamado, es frecuente embarcarse en acciones que nos ayuden a alcanzar un mejor perfil pastoral, sin percatarnos de que, a veces, ese perfil puede convertirse en una trampa mortal para ti y para la congregación.

A lo largo de estas páginas intentaré compartir contigo algunas consideraciones esenciales aprendidas, durante más de 40 años de servicio, de buenos pastores que ya han acabado su carrera y de muchos errores propios, con la esperanza de que tú no tengas que repetirlos.

Que Dios te bendiga.

 

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Un Pasaje de «En Busca de… ¿El Pastor Perfecto?

El perfil ideal

Por ejemplo, si se le pregunta, a cualquier consejo de iglesia, cuál es el perfil de su pastor ideal, es probable que surja una lista como la siguiente:

  • Debe estar bien preparado, que sepa hacer bien su trabajo, un buen profesional del ministerio.
  • Debe estar centrado en las necesidades de la congregación.
  • Debe tener una visión poderosa y clara.
  • Debe respetar los conceptos bíblicos y eclesiales tradicionales.
  • Debe ser una persona con una gran unción.
  • Un pastor que busque la excelencia en todo y en todos.
  • Que sepa rodearse de un buen equipo que le apoye.
  • Que sea leal con sus compañeros de ministerio.

La lista parece perfecta, y muchos candidatos al ministerio pueden centrar sus esfuerzos en intentar desarrollar este perfil. Es una cuestión de oferta y de demanda.

Sin embargo, esto plantea varios problemas.

En primer lugar se nos olvida que, a pesar de que un pastor pastorea una congregación, en realidad trabaja y sirve para Dios. Por tanto es esencial que el perfil que desarrolle el siervo o sierva de Dios sea aquél que Dios le demanda personalmente. Porque no se trata de encajar en el perfil que una iglesia particular tiene de lo que necesita, o cree necesitar, en un pastor, ni de adecuar el currículo para lograr entrar en una determinada organización, sino de estar preparado para que Dios te ponga en la iglesia o ministerio en el que debes estar, que es algo muy distinto. Recuerda que cualquier servicio que realices como pastor es un servicio a Dios, aunque se realice en el seno de una iglesia local.

Así, si eres llamado a la limpieza, tú no limpias para quedar bien ante la congregación, limpias para Dios, y tus hermanos y hermanas se benefician de ese servicio. Si pastoreas, no lo haces porque tengas una deuda o deber para con esas personas en concreto, tú pastoreas por amor a Dios y en respuesta a su llamado al servicio. El beneficio de tu trabajo fiel recaerá en tus hermanos. Tu “jefe” no es el consejo pastoral o de iglesia, tu “jefe” es Dios mismo. Es a Él a quien vas a tener que rendir cuentas de tu servicio. Y Dios no se va a dejar enredar con excusas ni cuentos.

Si te olvidas de esto, dejando a Dios fuera de la ecuación, y trabajas solo enfocado en la congregación, te encontrarás un día ante la presencia de tu Señor y lo único que escucharás de Él es que “ya tuviste tu recompensa”.

Otro gran problema de ese “perfil ideal” es que es muy fácil que se convierta en una trampa mortífera, tanto para el propio ministro como para la congregación. De hecho es la mejor trampa que puede tender nuestro adversario delante de nosotros: hacernos creer que trabajamos para Dios cuando lo cierto es que ha conseguido que dejemos el camino estrecho.

Esto es así porque el perfil se convierte en una regla de medir humana que solo valora los aspectos externos, al fin y al cabo los únicos que podemos medir. Alcanzar una buena puntuación en él puede llevarte a pensar que también has alcanzado un nivel de santidad adecuado. Y, créeme, ninguna medida de santidad alcanzada por un ser humano es bastante para Dios, sino que cada día debemos depender de su gracia y santificación.

 

Fondo de la imagen destacada por Nathan Anderson en Unsplash