4 Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.

5 Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.

Juan 15:4-5

Durante esto meses pasados hemos aprendido muchas cosas.

A lavarnos las manos, a ponernos bien las mascarillas, a toser en el codo…

Pero probablemente, la enseñanza más importante que nos llevamos es la clara precepción de nuestra propia fragilidad.

Nada como una buena crisis para que se lleve por delante nuestros planes o nuestras seguridades.

Problemas de salud, económicos, familiares… Todo lo que parecía una balsa de aceite se convierte, de repente, en la tormenta perfecta.

Por eso, hoy más que nunca, necesitamos aferrarnos a las promesas de nuestro Señor.

Y hoy me gustaría que nos fijásemos una de ellas.

La encontramos en el Evangelio de Juan, en el capítulo 15. Un capítulo en el que Jesús nos deja varias enseñanzas clave.

Una de ellas es que vamos a sufrir persecuciones y problemas.

Ahora bien, estas persecuciones y estos problemas no van a venir porque estemos haciendo nada incorrecto, sino precisamente por todo lo contrario, porque estaremos haciendo la voluntad de Dios, porque no somos de este mundo (v18). Y esto es algo que los que viven alejados de Dios, no pueden soportar.

Y otra de las enseñanzas es que ya estamos limpios (v3).

Cuando nos acercamos a Dios, y aceptamos el sacrificio expiatorio de Cristo, todos nuestros pecados pasados son borrados del debe de nuestra cuenta y nuestro nombre pasa a estar inscrito en el Libro de la Vida.

No necesitas hacer penitencias ni pagar nada. Entre otras cosas porque estarías sobrevalorando tu capacidad de pagar o minusvalorando la inmensidad de tu deuda.

Una vez aceptada la redención, lo único que Dios te pide es que, si quieres mantener lo conseguido, vivas junto a Cristo, que camines por sus caminos y que obedezcas sus mandamientos.

Ahora bien, cuando juntas estas dos enseñanzas da la sensación de que nuestra vida en la tierra va a ser muy difícil y dura. Que vamos a tener que estar luchando por esa vida con uñas y dientes y que, la mayoría de las veces, vamos a tener que enfrentar solos tales persecuciones.

Pero, ¿sabes una cosa?, no hay nada más alejado de la realidad.

Bueno, lo de luchar con uñas y dientes sí es cierto, pero nunca estaremos solos, y nunca estaremos limitados por nuestras propias fuerzas.

Por eso Jesús introduce esta promesa en medio del pasaje que encontramos en el Evangelio de Juan capítulo 15, y más en concreto en los versículos 4 y 5:

4 Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. 
5 Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.

Y es muy importante porque aquí Jesús está prometiendo que llevaremos fruto, y no un poco, sino mucho fruto.

Y con ello también nos está mostrando que los cristianos fieles triunfarán sobre todas esas persecuciones y tribulaciones.

Y esta promesa es también para nosotros.

No depende de las circunstancias externas

Como sabéis, todas las promesas de Dios son promesas condicionales, es decir son pactos entre dos partes en los cuales Dios se compromete a realizar su parte siempre que nosotros hagamos la nuestra.

Llamad y se os abrirá. Dios se compromete a abrir, pero para ello debemos llamar.

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados y yo os haré descansar. Él nos promete descanso, pero para ello debemos venir a Él.

Y así una tras otra.

Sin embargo hay una cuestión importante: ninguna de esas promesas depende de cuestiones externas.

No nos dice “llamad, pero solo si es de día”, ni “venid a mí, pero solo si hace bueno”.

Las promesas de Dios no dependen de horarios, ni de dónde te encuentres, ni de crisis, ni de pandemias, ni de circunstancias. Solo dependen de nuestra obediencia a su requisito.

Pablo y Silas, tenían paz a pesar de ser azotados y arrojados a lo profundo de las mazmorras en Filipos, porque habían puesto su confianza en Dios, y era eso lo que les permitía participar de la presencia de Dios en sus vidas.

No depende de las circunstancias internas

Y esas promesas tampoco dependen de mis circunstancias internas.

En ninguna promesa divina vas a encontrar referencias a que debes sentirte de tal o cual manera. No hay referencia a sentimientos de euforia ni de depresión.

Bueno, en realidad si hay una: Dios ama al dador alegre. Pero esto es más una referencia a nuestra disposición para agradar a Dios con nuestros bienes que a tener que dar nuestros diezmos y ofrendas a carcajada limpia. Aunque, en algunas iglesias dan los diezmos bailando.

Para el resto de promesas no hace falta que primero tengas que animarte para que Dios pueda cumplir sus promesas para tu vida.

De hecho, cuando más las vamos a necesitar es cuando estemos pasando momentos difíciles y necesitemos consuelo y ánimo.

Y, por supuesto, tampoco hay referencia a una determinada capacidad intelectual o física.

Dios no responde mejor a los que tienen un par de masters que a los que tuvieron que dejar la escuela, ni tampoco responde mejor a los que van al gimnasio que aquellos que no lo pisan.

Salomón escribió en Eclesiastes 9:11:

Me volví y vi debajo del sol, que ni es de los ligeros la carrera, ni la guerra de los fuertes, ni aun de los sabios el pan, ni de los prudentes las riquezas, ni de los elocuentes el favor; sino que tiempo y ocasión acontecen a todos.

Así que no, no depende de cómo te sientas ni de cómo seas.

Depende de ti: tu respuesta

Que Dios pueda cumplir sus promesas en tu vida va a depender de una sola cosa, de tu respuesta a su condición.

Cuando el joven rico le preguntó qué debía hacer para alcanzar la vida eterna Jesús le respondió que debía empezar por cumplir los mandamientos.

Si se hubiera quedado satisfecho, el joven podría haberse marchado tan contento, porque debía estar en la misma cuadrilla que Pablo y cumplía religiosamente con todos los preceptos. Pero tanto él como Jesus sabían que esa respuesta no era completa.

El joven rico presentía que debía haber algo más, porque muy probablemente, y a pesar de rectitud, no tenía paz en su corazón, es por eso que aquél joven hizo la siguiente pregunta:

20 El joven le dijo:
—Todo esto he guardado. ¿Qué más me falta? 
21 Le dijo Jesús: 
—Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes y dalo a los pobres; y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme. 
22 Pero cuando el joven oyó la palabra se fue triste porque tenía muchas posesiones.  Mateo 19:20-22

La promesa de la vida eterna estaba puesta delante de él, solo tenía que obedecer y cumplir su parte, pero prefirió tener la gloria del mundo antes que dar la gloria a Dios.

Depende de ti: tu unión con Cristo

Jesús es la vid y nosotros los pámpanos, y separados de él nada podremos hacer.

Y es importante este matiz, “separados”. Jesús no está diciendo “alejados”, no está diciendo que lejos de él no podremos hacer nada, está diciendo “separados”, porque se puede estar juntos, pero vivir separados.

Uno de mis mentores, Carlos Primo, solía decir que estar cerca no es estar.

Si yo corto una rama de una planta y la dejo sobre ella, la rama está cerca de la planta, de hecho está sobre la misma planta, pero, ¿va eso a impedir que la rama muera?

No, porque aunque la rama está cerca, sin embargo está separada de la planta, ya no forma parte de ella, y salvo que la vuelva a injertar, la rama morirá y nunca podrá volver a dar fruto. Estar cerca no es estar.

Ocurre lo mismo con nosotros, podemos pasarnos la vida en la iglesia o consagrarnos para servir en la obra de Dios, o hacer grandes sermones que conmuevan a multitudes, pero si no respondes al llamado de Dios para tu vida, te estarás separando de Dios, del mismo modo que el joven rico.

Él tenía muchos bienes, cumplía los mandamientos y era respetado por la sociedad. Incluso podía hacer grandes donativos y buenas obras, pero no se trata de cumplir los mandamientos o los ritos, se trata de obedecer a Dios.

Nada podéis hacer

Lo cual nos lleva a la última consideración: Nada podéis hacer.

Por supuesto que se pueden hacer muchas cosas. Incontables personas ateas han realizado o ayudado a realizar innumerables descubrimientos, avances y prodigios técnicos, artísticos y humanos.

Avances en derechos humanos, en técnicas y tratamientos médicos, cuestiones como mandar un dron a Marte o conseguir que la inmensa mayoría de la humanidad esté a un golpe de clic de cualquier otra persona son cosas que ya se han hecho y se seguirán haciendo y descubriendo nuevas cuestiones, pero el día que nos tengamos que presentar delante del juicio de Dios de nada servirá haber descubierto la vacuna contra el SIDA o haber pastoreado la congregación  más grande del mundo si nuestros nombres no están inscritos en el libro de la vida.

En Marcos 8:36-37 Jesús nos pregunta:

36 Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?  
37 ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?

Y en Mateo 7:21-23 lo deja también muy claro:

21 No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. 
22 Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? 
23 Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.

Pero cuando permaneces en Cristo, cuando tu vida está sometida a la voluntad de Dios, por amor y voluntariamente, cuando dejas que su vida fluya a través de ti, entonces nada podrá pararte.

Ni crisis, ni pandemias, ni accidentes, ni catástrofes naturales ni fuerzas demoníacas podrán impedir que hagas aquello para lo cual Dios te ha llamado, porque el ángel de Jehová acampará en derredor tuyo y te guardará y porque tu fuerza vendrá del mismo cielo.

Y mientras te mantengas unido a Cristo y haciendo su voluntad volverá a verse a Satanás caer como un rayo, porque el reino de Dios estará cada vez más cerca.

4 Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. 
5 Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer  (Juan 14: 4-5).

Cuidaos y que Dios os bendiga.

Foto de cabecera por Günter Hoffmann en Unsplash
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