«¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?

Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante. Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca.

Mas el que oyó y no hizo, semejante es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin fundamento; contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de aquella casa» (Lucas 6: 46-49).

 

Uno de los mayores problemas que enfrentamos los cristianos es que sabemos lo que se espera de nosotros.

Porque el Evangelio es algo tremendamente sencillo de entender y está claramente explicado en la Biblia.

Sin embargo, también es muy difícil de vivir.

Cuestiones como amar a los enemigos, seguir la santidad de Dios, perdonar a los que nos ofenden, poner la otra mejilla o devolver bien por mal, son actos que nos demandan mucho esfuerzo y aprender a depender de Dios.

Por eso, es muy fácil ocultarse tras una fachada de apariencia. Y os lo digo yo que soy hijo y nieto de cristianos evangélicos, y sé el riesgo que se corre de simular comportamientos cristianos.

Esto es lo que Jesús destacó, cuando en el capítulo 23 de Mateo, arremete contra la hipocresía de los líderes espirituales de aquél tiempo, y los acusa de basar toda su vida en la apariencia. Eran como sepulcros adornados, muy vistosos por fuera, pero llenos de muerte por dentro.

Pero esta actitud no es exclusiva de los dirigentes de aquella época, es algo que también ocurre entre los cristianos “de a pie”, del mismo modo que la corrupción o el engaño no son exclusivos de determinados estamentos sociales sino que, como dice Eclesiastés 9:11, “tiempo y ocasión acontecen a todos”, y depende de cada uno responder de la forma adecuada.

Señor, Señor

Por eso Jesús nos traslada esta pregunta: ¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?

Y es que no nos cuesta nada ser cristianos “de boquilla”. Plantéate el siguiente ejercicio: grábate cuando vayas a orar y escucha la grabación después.

Cada 5 o 6 palabras introducimos expresiones como “Dios”, “Padre”, “Señor”, “Santo” u otras similares. En algunos casos es tan exagerado que en reuniones de oración conjuntas puedes no llegar a entender la oración del hermano o hermana.

Así, no es difícil escuchar oraciones del tipo:

“Bendito Padre, te damos gracias, oh Dios eterno, que por tu misericordia, Santo Dios, y tu bondad, Señor misericordioso, podemos estar, Divino Cristo, en la presencia del Padre, oh Dios de la Gloria, para, bendito Señor, poder disfrutar, Rey eterno, de tu gozo”.

Algunas personas lo hacen porque realmente viven a Dios y reconocen su grandeza, pero otros, simplemente, por costumbre o, peor aún, por vestir sus oraciones y parecer más espirituales.

Es a esto a lo que Jesús se refiere en Mateo 6:5-15, cuando en la enseñanza sobre la oración los amonesta diciendo: “Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos (v. 7)”.

¿Hacéis lo que yo digo?

El caso es que, en nuestra vida diaria, se nos llena la boca de la palabra “Señor” y, sin embargo, hay pocas cosas en nuestras vidas que demuestren que Dios es realmente Señor de ellas.

Leemos la Palabra de Dios, vemos cosas que nos impactan, pero a los pocos minutos estamos discutiendo con nuestro cónyuge. Escuchamos una predicación que nos conmueve, pero antes de que termine el culto ya tenemos en nuestra mente la lista de personas a las que les hubiese venido muy bien “escuchar esto”. Recibimos una amonestación de parte de Dios y la escuchamos con atención, aunque luego es fácil que, como los atenienses con el apóstol Pablo, pensemos: “debo meditar sobre esto, otro día”.

Llamar a Jesús, a Dios, “Señor” no es un acto de magia. No actúa como un encantamiento. Como nos recuerda el propio Jesús No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21).

Llamar a Jesús “Señor” no te va a librar de ninguna dificultad, ni va a hacer que tus oraciones tengan más efectividad.

¿Recuerdas el Padrenuestro? Se llama así porque comienza con esas palabras, y es curioso que ese es el único sustantivo que hace referencia directa a Dios. No hay “repeticiones vanas”. No hay adulación hacia Dios. No hay lenguaje ampuloso ni exagerado. Simplemente humildad, reconocimiento del poder de Dios y confianza en Él. ¿O es que piensas que necesitas adular a Dios para que Él te haga caso?

No es al adulador al que escucha Dios, sino que, como nos recuerda el Salmista: “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu” (Salmo 34:18).  Y añade: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:17).

Sin embargo, como es más sencillo simular lo externo mucho cristianos se quedan en ese nivel. Basta con controlar un poco el vocabulario, el aspecto y nuestros comportamientos cuando estamos en la iglesia, y pensamos que con eso está todo resuelto.

Es la versión protestante de esa otra expresión: “eso lo arreglas con un Padrenuestro y dos Avemarías”.

Pero lo cierto es que no, no se arregla. Porque quien se limita a hacer eso está expuesto, como nos recuerda el pasaje sobre el que estamos meditando, a que todo su montaje se venga abajo a la primera prueba. Sencillamente porque no ha profundizado en la fe; no ha puesto su confianza en Dios, sino en unos falsos ritos; y no ha hecho a Cristo el verdadero Señor de su vidas.

Por el contrario, quien sí se esfuerza, quien sí decide caminar por el camino de Dios, quien sí decide entronizar a Dios como Señor de su vida, estará preparado para soportar las pruebas y servir de refugio a otros.

Y para esto basta con que pongamos por obra la enseñanza de Jesús. Porque como Él mismo nos recuerda “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Juan 15:14).

¿Y qué es lo que nos manda Jesús?

“Acercándose uno de los escribas, que los había oído disputar, y sabía que les había respondido bien, le preguntó: ¿Cuál es el primer mandamiento de todos?

Jesús le respondió: El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento.

Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.

Entonces el escriba le dijo: Bien, Maestro, verdad has dicho, que uno es Dios, y no hay otro fuera de él; y el amarle con todo el corazón, con todo el entendimiento, con toda el alma, y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, es más que todos los holocaustos y sacrificios.

Jesús entonces, viendo que había respondido sabiamente, le dijo: No estás lejos del reino de Dios. Y ya ninguno osaba preguntarle” (Marcos 12:28-34).

¿Y por qué estos dos mandamientos resumen la ley para el cristiano?

Porque el que está lleno del amor de Dios se esfuerza por no pecar contra Dios ni contra las demás personas, busca la ayuda de Dios para vivir una vida digna del hecho de ser hijo o hija de Dios, aborreciendo el mal y anhelando conocer más de Dios y conocer más a Dios.

Porque el que está lleno del amor de Dios se esfuerza para que otros puedan disfrutar de ese mismo amor, y puedan escapar de las garras de la muerte y del juicio. Y para ello no dudará en mostrar ese amor y esa paz a los demás, a pesar del coste personal que le pueda acarrear.

Y porque ser cristiano no significa presumir de ser algo que no eres, sino que ser cristiano significa dejarte moldear a la imagen de Cristo y vivir como Él lo haría.

¿Imposible? Sí, si no fuera porque contamos con la presencia del Espíritu Santo, que nos ayuda en nuestra debilidad y que también en esto nos va a hacer más que vencedores. Si es que estamos dispuestos a obedecer a Dios, a profundizar buscando ese cimiento sólido. Porque la recompensa es la vida eterna, para nosotros y para todos aquellos a los que podamos llegar con nuestras vidas.

Al fin y al cabo, la señal de que somos cristianos no es que digamos, cada dos por tres, “amén” o “Señor” o “aleluya”, sino que la señal, como nos enseñó el propio Jesús, es otra: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35).

 

Imagen de portada por Luc Constantin en Unsplash

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