Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio (2ª de Timoteo 1:7).

Durante la dictadura franquista los evangélicos fuimos ciudadanos de segunda.

Entonces estábamos discriminados en los cementerios, en los trabajos, en el ejército, en la vida social en general.

Muchas veces nos cerraban los lugares de culto con cualquier pretexto; y fue tan evidente esta discriminación que España se quedó fuera del acceso a algunas ayudas internacionales por este motivo.

En ese contexto, lo natural sería procurar mantener lo que se llama un perfil bajo. No hacer nada y mantenerse a la espera de mejores tiempos.

Y sin embargo, no fue esto lo que ocurrió.

Cierto que se evitaba poner letreros grandes en las iglesias, y no se hacían actividades multitudinarias. Pero, a pesar de esto, los locales recibían ataques o eran cerrados por las autoridades. Y muchas veces tenían que reunirse por las casas de forma clandestina.

Pero ellos se atrevieron a señalarse en medio de un mundo que los discriminaba y rechazaba.

Y Dios fue fiel a esa iglesia fiel. Por eso, la iglesia creció, y mucho, durante ese tiempo. Y a pesar de todas las dificultades, Dios los usó para poner los cimientos sobre los que se yergue la iglesia de hoy.

Pero ellos no han sido los únicos. Tanto a lo largo de la Biblia, con personajes como Daniel, Rahab, Nehemías, o los profetas, como a lo largo de la historia, tenemos el ejemplo de otros muchos siervos y siervas de Dios que asumieron retos semejantes.

Y no pienses que eran personas especiales, dotadas de un gran carácter o de una personalidad arrolladora. La inmensa mayoría eran personas sencillas, cuya única fortaleza era su amor por Cristo.

Mi abuela paterna era una mujer sencilla. Y sin embargo organizaba reuniones clandestinas de oración en su casa, y eso que su vecino de escalera era un coronel del ejército de Franco.

Han sido muchos, porque si algo hemos de tener claro, al decidir seguir a Cristo y vivir para él, es que vamos a enfrentar muchas y grandes oposiciones. Pero Dios siempre estará con nosotros.

Y el apóstol Pablo lo sabía bien.

Por eso, cuando Pablo escribe su segunda carta al joven Timoteo, quien está siguiendo sus pasos en la obra de Dios, la primera cosa que le dice es que se agarre fuerte al Espíritu Santo para poder superar todas las pruebas que va a tener que enfrentar.

Así, en esa segunda carta a Timoteo, en el capítulo 1 y versículos 7 y 8 Pablo le dice: Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo, sino participa de las aflicciones por el evangelio según el poder de Dios.

Cuando sometemos nuestra vida a Dios recibimos el maravilloso don de la salvación. Pero con él viene también una gran responsabilidad: ser testigos suyos para que otros también puedan venir a los pies de Cristo.

Y para esto necesitamos el poder de Dios. Poder para saber estar quietos, y poder también para actuar.

Porque es cierto que hemos sido llamados a ser mansos y saber mantener nuestros impulsos bajo el control del Espíritu Santo. Pero mansedumbre no quiere decir cobardía, del mismo modo que humildad no quiere decir que permanezcamos callados ante la injusticia.

Por eso Dios nos ha dejado el Espíritu Santo. Un espíritu de poder para enfrentar situaciones y personas sin temor. Porque no iremos en nuestras fuerzas, sino que seremos canales del poder de Dios.

Pero es también un espíritu de amor, para acercarnos tanto a los que sufren como a los que nos persiguen y manifestarles el mensaje de salvación y esperanza.

Y es un espíritu de dominio propio, que nos fortalecerá para no ceder a nuestros impulsos naturales ni a nuestro egoísmo, sino que nos ayudará a mantener nuestros ojos centrados en la cruz de Cristo y en la voluntad del Padre.

Así que ya lo sabes, desde el primer momento en que pongas tu vida a los pies de Cristo vas a sufrir oposición y persecución, por parte de nuestro adversario, para que no lleves a cabo el plan de Dios en tu vida.

Pero al igual que todos los que nos han precedido, tú también vas a tener ese mismo espíritu de poder, de amor y de dominio propio que Dios nos otorga con generosidad, y que hará real en tu vida las palabras que encontramos en la 2ª epístola a los Corintios, capítulo 2 y versículo 14: Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento.

Que Dios te bendiga.

Foto de Tim Marshall en Unsplash

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