Si yo cerrare los cielos para que no haya lluvia, y si mandare a la langosta que consuma la tierra, o si enviare pestilencia a mi pueblo; si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra (2ª de Crónicas 7:13-14)

En el arsenal de herramientas de todo caza vampiros hay cuatro cosas que no pueden faltar: los ajos, el agua bendita, la estaca de madera y una Biblia.

De igual forma, en el antiguo oeste norteamericano no se concebía a un vaquero sin su colt.

Por cierto, a esta arma se la conocía como Peacemaker, es decir, “el pacificador”, porque cuando aparecía una de ellas en escena las disputas terminaban rápidamente.

Y a veces ocurre algo parecido con los cristianos. Rodeamos nuestra vida de cruces, peces y Biblias como si ellas, por sí mismas, tuvieran poder para protegernos del mal, y usamos la Palabra de Dios a modo de un arma que portamos para que sea ella quien acabe rápidamente con los ataques de Satanás.

Sin embargo, lo que Jesús nos enseña es que solo si permanecemos en él, y sus palabras permanecen en nosotros, solo entonces tendremos verdadero poder para hacer que las cosas cambien y estaremos bajo su protección.

Por eso, cuando al principio de la pandemia muchos cristianos se lanzaron a buscar una solución rápida para la misma, no encontraron mejor peacemaker que el pasaje de 2ª de Crónicas, capítulo 7 y versículo 14: Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.

Ahora bien, vamos a poner la cita en su contexto. Esta promesa fue dada a los Israelitas cuando dedicaban el Templo de Salomón, pero para entenderla mejor hemos de tener en cuenta la otra mitad de este pasaje, la cual se halla en el versículo anterior, el 13, y entonces leemos lo siguiente: Si yo cerrare los cielos para que no haya lluvia, y si mandare a la langosta que consuma la tierra, o si enviare pestilencia a mi pueblo; si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.

En este pasaje lo que Dios les dice es que si ellos se apartaban del pacto que habían hecho con él, y como consecuencia venían las maldiciones que estaban recogidas en dicho pacto, aún había esperanza para ellos, porque si se arrepentían y se humillaban, él escucharía y perdonaría.

Además, aquí Dios no está hablando de sanar la tierra de los filisteos de una posible sequía, ni de sanar la tierra de los edomitas de hipotéticas pestilencias.

Él está hablando de sanidad y lluvia para el Pueblo de Israel y para su tierra.

Por ello, de nada servía que el pueblo de Dios se humillara si el pecado lo estaban cometiendo otros, porque como bien nos advierte Dios en el libro de Ezequiel, capítulo 18 y versículo 20: el alma que pecare, esa morirá.

Porque Dios perdona, pero solo a quien pide perdón con sinceridad.

Y si queremos aplicar para nosotros su enseñanza, esta no es que con un acto de contrición, un padrenuestro y dos avemarías se arreglan todas las consecuencias de los actos de rebeldía de este mundo contra Dios.

Sino que, lo que nos enseña es que si pecamos y nos rebelamos contra Dios, aún hay esperanza para nuestras vidas. Tan solo hemos de ser humildes, arrepentirnos y pedir perdón, y él perdonará.

Ahora bien, piensa que, en muchos casos, las bendiciones perdidas durante la rebelión, perdidas estarán, y aunque Dios sana nuestra vida física y espiritual, algunas consecuencias pueden ser permanentes.

Por eso es importante no tomarse el pecado a la ligera.

Y es que la vida de un hijo o hija de Dios no está a salvo por llevar tal o cual versión de la Biblia, ni es más poderoso un cristiano cuando por su boca solo salen versículos bíblicos como si fueran conjuros mágicos.

Sino que solo cuando permanecemos en Cristo, cuando sus palabras permanecen en nosotros y vivimos en sintonía con su voluntad, en humildad, misericordia y justicia, solo entonces es cuando nuestra vida está segura y escondida, con Cristo, en Dios.

Que Dios te bendiga.

Fotografía por Eduardo Gutiérrez en Unsplash
A %d blogueros les gusta esto: